lunes 7 de diciembre de 2009

MUJERES Y NIÑOS PRIMERO: ¿algunas vidas valen más que otras?

por R. (justiciadeverdad@gmail.com)

Es notable que la ciencia social moderna aparezca incapaz de percibir, o dimensionar, un fenómeno cotidiano y contundente: la valoración diferencial fáctica, concreta (allende lo discursivo o especulativo) que las sociedades humanas efectúan del derecho a la vida de hombres y mujeres, y el sorprendente pero real sesgo a favor de ellas.
Y sin embargo, ya en 1869 Stuart Mill identificaba la norma de la "caballerosidad", (chivalry norm) lamentando su declive y reconociendo que contrarrestaba en importante medida la condicion, en su opinión desmedrada, de las mujeres históricas; e incluso en nuestros días, leemos en la monumental “Historia de las Mujeres” de Perrot y Duby, que “...la mujer, en cuanto réplica de la tierra, adquiere carácter sagrado..”.

Una muestra del fenómeno la constituye el carácter de "intocables" de las mujeres, p. ej. en los juegos escolares y en relación a sus compañeros varones (independientemente de envergaduras físicas) ; este norma de "a las mujeres no se les pega", no es parte exactamente de una de noble consideración general por el más débil: no rige para los muchachos de menores tallas o dimensiones .
Parece constituir simplemente una variación de esa Sacralización Femenina, que no deja de serla aunque ella experimente, evidentemente, las naturales y minoritarias transgresiones que afectan a toda norma social. Aunque en este caso están siendo ellas juzgadas socialmente con el lente de aumento que implica el quebrantamiento de un tabú ; ello es verificable en la reacción social actual (aunque sea esta fuertemente manipulada y artificiosa) frente a los femicidios, que constituyen menos del 10% del total de los asesinatos. Y debo decir que quien escribe condena, evidentemente, los crímenes de mujeres . Pero esto mismo es también prueba de lo rotundo del tabú, y de lo dogmático e inquisitorial del clima que se ha creado en base al mismo: ningún estudioso de otras variedades de crímenes "debe" manifestarse en este sentido; y es sintomático también el hecho de provenir estas reflexiones desde un status de marginalidad y de estar firmadas con un seudónimo .

En suma, toda aquella normativa velada y sutil resulta al parecer en experiencias tan demasiado cotidianas, que se dificulta su percepción y análisis por parte de la muy ideologizada ciencia formal de nuestros días. Así, para la sociologia de hoy esas normas esenciales parecen no existir, y no se observan desarrollos teóricos ni investigación empírica de ellas derivadas.
¿Otro "punto ciego" de la percepción? ¿regresión epistemológica? ; al parecer sí, y más : una contradicción demasiado flagrante con los climas de opinión dominantes, y que muestra el grado de fortaleza y absolutismo ideológico y académico que pueden ellos adquirir (al parecer cuando entran en coyuntural, sutil y paradójica consonancia con intereses dominantes, como más adelante planteamos) y su fascinante, pero ominosa, capacidad de crear, interpretar y manipular realidades.

En tema tan subjetivo y generalmente conflictivo, podemos plantear todo eso como una hipótesis, tal vez válida para la nuestra y otras culturas de hoy, pero ¿sin validez universal? : pareciera que en algunas sociedades orientales no existió la norma de la "caballerosidad" hacia las mujeres, y menos su "sacralización"; aunque de ser así, cabe interrogarse ¿no se habría ello reflejado en fenómenos demográficos, como mayor mortalidad femenina, que hubiesen dificultado la subsistencia misma y continuidad histórica de esas sociedades?

Otras evidencias :

1) en las raras oportunidades en que a la vida humana se le ha establecido un valor monetario, parece haberse asignado uno superior a la de las mujeres; así, el precio de las esclavas, en todos los siglos en que existió aquí la esclavitud, habría sido consistentemente superior : 300 pesos para las de edad fértil, contra unos 200 -250 para un esclavo varón joven y sano (y ello debería haber ejercido, o reflejado, efectos diferenciales concretos en el "aprecio" que experimentaba cada categoría) . En todo caso, ignoramos si esta circunstancia fue fenómeno generalizado .

2) En la misma línea: el precio de las cautivas o rehenes femeninas parece haber sido (ceteris paribus) históricamente superior que el de sus contrapartes masculinas.

3) Y el rapto de mujeres, como fenómeno social, ha sido mucho más frecuente que el de hombres, los que en caso de derrotas bélicas y a diferencia de ellas, eran generalmente exterminados. Y medítese este punto, al examinar históricamente el nivel de respeto por el derecho humano fundamental: el derecho a la vida; cabe interpelar e interrogar, a Stuart Mill y otros que se refieren a la mujer como "esclava de su esposo", si es que existe otro caso en el que un amo deba sacrificar la vida por su esclava, como ocurrió, p. ej., en el naufragio del Titanic ¿No sería el concepto mismo de "esclavitud femenina" un caso de distorsión semántica, tal como lo constituye la apropiación y monopolización actual de un concepto como la Igualdad, en la denominación contemporánea de "Ministerios de la íd." a entidades que, de manera tácita al menos, invisibilizan y trivializan las desigualdades de mayor trascendencia?.

4) El llamado "Missing white woman syndrome" (cf. Wikipedia), tal vez muestra de un posible reconocimiento de este fenómeno ; se refiere a la mayor gravedad e importancia asignada a la pérdida de una vida femenina frente a una masculina. Tal vez pudiese renombrarse "Síndrome Ingrid Betancourt"; es justamente lo que planteamos aquí.
Cabe reflexionar que en este mismo aspecto parece existir clara discriminación de clase: la vida en peligro de los ricos y poderosos suscita mayor preocupación que la de sus opuestos; podemos entonces concluir que, en esta esencial dimensión (el derecho a la vida), la clase alta está aquí representada por las mujeres.

Estos fenómenos sin duda se explican por la capacidad de ellas de generar más vida, esencial para cualquier comunidad o sociedad humana. La que también podría explicar que en la sociedad moderna otras circunstancias ventajosas para las mujeres, como las que señalamos a continuación, y relacionadas con esa norma de la Caballerosidad o Sacralización Femenina, sean aceptadas como algo "natural", de raiz principalmente biológica y que estén, casi siempre, socialmente invisibilizadas:

A) Que la mujeres sean mayoría en los sectores más ricos de la población. Así, en el decil 10, el de mayores ingresos, las mujeres serían el 54 o 55% . Seguramente como expresión de esa discriminación positiva "clásica", que premia su aporte reproductivo y sus comportamientos cooperativos, tan vitales. Pero este porcentaje probablemente tenderá a ascender, al sumársele la influencia de la discriminación positiva "nueva", que fomenta conductas femeninas más competitivas, las que abundan en los estratos altos (vgr.: en 13 juzgados nuevos abiertos en el año 2009, el 100% de sus nuevos magistrados son mujeres). Incidentalmente, éstas y otras cifras muestran que en la actualidad es prácticamente inexistente la llamada "feminización de la pobreza" . Así se desprende de las "Estadísticas de Género" de CEPAL o ECLAC ; estadísticas que, en todo caso, no consideran como categoría especial a los más pobres de entre los pobres: quienes viven en la calle, hombres en un 80%, o más.
Incluso parece dudoso haya sido la feminización de la pobreza, alguna vez, fenómeno generalizado (al menos en el largo plazo); ésto por la misma ya dicha calidad de indispensables de las mujeres. Y es probable que la situación se repita en otros países; así lo barruntamos, al examinar la composición por sexo de los municipios más prósperos en diversas ciudades internacionales (porque datos oficiales que refrenden abiertamente esta hipótesis probablemente será difícil hallarlos: el concepto de "Estado Feminista", acuñado por Linda Kelly, parece tener bases muy reales, que ameritarían su análisis en profundidad y un escrutinio sistemático de su accionar).

B) El que las probabilidades de morir asesinada sean, para una mujer promedio, no un 20, 30 o 40 % menores, sino ¡ un 1.000% ! (10 veces) inferiores a las de un hombre promedio; en tanto, casi nadie osa cuestionar la, en algunos aspectos comprensible pero sin duda desproporcionada, atención mediática que generan los "femicidios" : 60 crímenes -que por supuesto deben ser condenados enérgicamente- aparecen tanto o más importantes que los restantes 600 que se cometen cada año (que suponemos también deben ser condenados enérgicamente, ¿o no tanto? ) ; disparidad distorsionante, explicable principalmente por el fomento ideologizado y artificioso de esa Sacralización Femenina, y que grafica las implicancias del fenómeno frente a los ideales de igualdad en el derecho a la vida, para todas las categorías humanas.
Lo cierto es que intentar reducir aquella enorme brecha de género actual en criminalidad, a favor de las mujeres, implicaría luchar en serio en contra de los factores estructurales que provocan desigualdades, violencia y crímenes entre los hombres, y eso sí que sería simplemente subversivo; la lucha contra el “machismo”, en cambio, aunque implique esas disparidades abismantes (que se pasan por alto sin ningún rubor), parece inocua desde el punto de vista de los intereses dominantes, es plenamente consonante con la vieja Caballerosidad y Sacralización Femenina y, especialmente, drena energias “progresistas” desde esas otras causas más amenazadoras y siempre latentes . (Parecen existir ciertas sensibilidades progresistas que perciben, aún hoy, estos hechos: hace pocos días, el líder boliviano Evo Morales se declaró abiertamente "antifeminista"; y cabe citar aquí lo dicho en "El Modelo Soviético", de Francoise Navailh: "para los revolucionarios, el combate puramente feminista es una desviación burguesa que impide la unidad y retrasa la revolución") .
Habría que agregar que la criminalidad y delincuencia, sea como autores o víctimas, afecta en especial a esos grupos de máxima pobreza : quienes viven en la calle o no tienen hogar propio, casi todos hombres; afectados ellos por esa gran limitación "estructural" en sus derechos reproductivos, a que se aludirá: son hombres pobres, pero además, y especialmente, sólos, sin hijos; cuyo eventual homicidio o suicidio no tendrá demasiada importancia ; desde luego, no implicará dramáticas intervenciones de ministras en televisión, exigiendo cambios estructurales para evitar la reiteración de estos hechos.

C) que las mujeres se suiciden en una proporción 6 a 8 veces menor a la de ellos (otra brecha de género enorme a favor de ellas) ¿en parte como compensación por la maternidad? : el hombre mayor y sólo, el más propenso a suicidarse, suscitaría menor atención que una mujer ídem, dados los más perdurables lazos madre-hijos y la existencia misma de estos últimos; en contraste con la más frecuente soledad "existencial" del hombre, derivada de su incapacidad, en términos estrictos, de "procrear" (déficit masculino profundo, que afecta a sus derechos humanos y que las sociedades tradicionales parecían compensar de mejor manera que las modernas). También los conflictos familiares inciden diferencialmente: en Chile el 26% de los hombres suicidas los experimentaría, contra sólo el 7% de las mujeres suicidas (Dagoberto Duarte "Suicidio en Chile"); ello confirmaría que mueren más hombres que mujeres como producto de tales conflictos; pero reconocer este hecho y sus implicancias aparece subversivo (y debe reflexionarse el porqué de esa imagen subversiva: ¿ violación del tabú de la "angelización femenina"? ¿ amenaza a todo el actual andamiaje ideológico, institucional y politico elaborado en base al mismo?)

D) Las menores condenas a mujeres en casos de criminalidad equivalente; hay aquí todo un campo de investigación y reflexión no abordado aún. Y posiblemente esta brecha de género se esté incrementando, considerando el proceso de aguda feminización de los cargos judiciales, antes citado: un 60, 70 o más por ciento de los nuevos jueces son mujeres, y se ha hipotetizado que ellas tienden a favorecer a su sexo en sus dictámentes. Los pormenores de los procesos de selección judicial constituyen otro fenómeno digno de investigación imparcial; sin duda están interviniendo allí criterios de "discriminación positiva", establecidos veladamente y sin participación pública.

E) Que sea totalmente invisibilizada la violencia femenina, física o sicológica, en las parejas (1), y que se aborde el tema desde el esquema a priori, rígido y maniqueista de : hombre abusador-mujer abusada. Todo ello en concordancia con esa "Sacralización" o "Angelización" de las mujeres (y destacar este fenómeno no implica que propugnemos reemplazarlo por su satanización o demonización, ni tampoco por una posición misógina y androcéntrica: es sólo un asunto de equilibrio y buen sentido).

F) Los mejores índices generales de salud de las mujeres : esperanza de vida, mortalidad, etc.etc; (la esperanza de vida es tan esencial, que algunos la consideran EL indicador principal para comparar nivel de vida entre colectivos; ¿no debiera analizarse y compararse sistemáticamente el guarismo entre los géneros?). Y no hay absolutamente ninguna preocupación social por disminuir estas brechas de género; por el contrario, se las atribuye rápidamente a "factores naturales", y no se emprenden políticas ni planes tendientes a disminuirlas "aquí y ahora" . Y sin duda una genuina perspectiva de género implicaría abordar en primerísimo lugar al colectivo que muestra índices más precarios en éste y otros sentidos; i.e., los hombres; y nada -excepto factores ideológicos- impediría el desarrollo de políticas específicamente dirigidas a ellos. Pero las campañas de salubridad se orientan principalmente a ellas; y basta comparar el número de mujeres y hombres en consultorios médicos.

G) Los mejores índices educativos actuales de las mujeres. Fenómeno cuyas implicancias no se han analizado desde un punto de vista imparcial y no feminista. Es claro que una mayor educación formal incide en menor dificultad para lograr inserción laboral y legitimidad social; y esta última meta, especialmente unida a la primera para los varones, es también más difícil de obtener para éstos que para sus contrapartes femeninas (la prueba está en las tasas enormemente diferenciales de conflictivismo y delincuencia). Aumentar la dificultad masculina en este sentido, y sin otros contrapesos, puede incrementar y exacerbar el ambiente de conflictividad y competitivismo (aunque de él puede derivar también un aumento, en general agónico o "estresante", en la iniciativa empresarial y la "creatividad" de los hombres jóvenes, empeñados en compensar ese mayor estatus relativo de sus potenciales parejas; un resultado social neto totalmente "darwinista" y nada progresista). Y es llamativo observar cómo instituciones internacionales, UNESCO, Cepal, etc. siguen proyectando una imagen de supuestas, pero inexistentes, desventajas femeninas en el ámbito educacional ; ello se explicaría por el rol ideológico que está ejerciendo el feminismo en nuestros días, del que se habla más adelante.

H) Las cárceles de todo el mundo están atiborradas de hombres. Las mujeres son menos del 10% de esa población. Fenómeno relacionado con los factores antropológicos antes citados: la mayor dificultad masculina para insertarse en la sociedad y obtener legitimidad; de ella deriva la importancia esencial del trabajo y del rol de proveedor para el género masculino. A diferencia de las mujeres promedio, a las cuales la maternidad les facilita la obtencion de esa legitimidad social (hablamos, desde luego, en términos generales; existen excepciones importantes que deben también ser consideradas, aunque tampoco innecesariamente estimuladas o promovidas). Todo indica que en ese mayor rupturismo masculino incide también, y fuertemente, la dificultad para lograr la satisfacción de los impulsos sexuales, quizá agravada actualmente por la manipulación mediática de los mismos : un porcentaje alto de los hombres encarcelados lo está por transgresiones de ese tipo, en tanto las mujeres en la misma circunstancia son o han sido (de nuevo) una ínfima minoría; y ellas sufren o han sufrido privación de libertad no exactamente por insatisfacción de esos impulsos, sino casi siempre por aprovechar pecuniariamente esa necesidad masculina (aunque en la generalidad de los casos, motivadas aparentemente por la ausencia o escasez de alternativas vitales, condición que, no por ser menos frecuente en la mujer, deja de ser evidentemente tan dramática como en el caso del varón). Con toda la complejidad del tema, no puede sino concluirse que hay también aquí un desbalance de género que debe ser examinado, y con espíritu independiente de los unilaterales consensos "científicos" o ideológicos actuales .
Disminuir el conflictivismo social masculino requeriría, de nuevo, aplicar una genuina perspectiva de género en las políticas sociales (que considerase todas estas circunstancias y su reflejo en las enormes disparidades en criminalidad y suicidio), especialmente en las relativas a las oportunidades laborales. Pero esta perspectiva sugerida, tan radicalmente opuesta a la actualmente vigente, tampoco debiera ser rígida y dogmática: observar y monitorear sistemáticamente sus efectos, sin temer a nuevos cambios en sus enfoques, debiera transformarse en un imperativo, para así evitar el caer en excesivos ideologismos, de cualquier signo.

I) La mayor y diferencial tolerancia actual para otros tipos de conductas disrruptivas, cuando ellas son protagonizadas por mujeres. Así, las conductas homosexuales públicas son más visibles y toleradas, pero particular y especialmente para las mujeres (cuando las protagonizan hombres, aparentemente continuarían surgiendo manifestaciones de “control social informal”, o espontáneo, que las inhiben; y si no ocurre lo mismo con las mujeres es porque ha habido una dinámica en las actitudes sociales, influida por esa creciente “Sacralización Femenina”, que debe estar desalentando a eventuales controladores). Y ello pese a que son casi exclusivamente los hombres homosexuales quienes se han visto históricamente afectados por la represión en este sentido. Parece otra manifestacion de esa dinámica Sacralización (y no del "machismo": algunas sociedades muy machistas, como la griega clásica, han sido de las más permisivas y aún estimuladoras de la variante masculina de ese fenómeno).

J) Los hombres parecen ser mayoría entre los excluidos, los marginales, los "desechos" de la sociedad: vagabundos, enfermos mentales, prisioneros, víctimas de asesinatos, aldohólicos, drogadictos..., y muchos de todos los anteriores integran la categoría a que antes se aludió: quienes viven en las calles, i.e., los más pobres de entre los pobres (el 80% o más, en esta categoría, son hombres en nuestro país); igualmente entre los torturados, los condenados a muerte, los que sufren otros tipos de muertes violentas...

En suma, surge nítida una noción potente: la vida masculina, en el sentido del derecho a la vida, parece considerarse un producto más desechable, de menor importancia, en promedio, que su contrapartida: EL DOLOR HUMANO TIENE UN ROSTRO MAS MASCULINO QUE FEMENINO. Esta afirmación es innegable, aunque el fenómeno aparezca velado por esta paradoja: el caso opuesto, el "placer humano" parece tener también rostro más masculino que femenino ; así, entre los más poderosos, los más fuertes, los más agresivos, los más altos puntajes en "inteligencia", los más ricos de entre los ricos, predominan igualmente los varones, sin que por ello dejen de ser ciertas las estadísticas antes analizadas. Habría una distribución estadística especial en este sentido, con los hombres predominando en los extremos y las mujeres en las categorías intermedias; sin embargo, los promedios en "bienestar" o "malestar" parecieran generalmente algo mejores para ellas.

Sobre aquella paradoja podemos esbozar aquí una interpretación : los ricos y poderosos tienden a recibir atención social preferencial , y en parte puede ser por esto que una minoría de hombres triunfadores pasa a ser considerada históricamente el prototipo de "El Hombre".Y es esa percepción selectiva ("los franceses de 1900 consideraban al turista inglés de clase alta como el prototipo del Inglés") la que explicaría parcialmente la visión distorsionada que oscurece aquellas carencias y desmedros de las mayorías masculinas.

Pareciera entonces que el concepto "hombre" presenta una mayor "desviación standard" que el concepto "mujer" ; hay realidades más diversas en el primero y la generalización apresurada que implica todo concepto, siendo distorsionante en el caso de "la mujer", lo es más aún en el otro . También : que la lucha por la supervivencia, el drama humano que implica vida y muerte, vencedores y vencidos, ha sido una lucha en primer lugar en contra de la naturaleza y la escasez de recursos, pero en seguida una de hombres en contra de otros hombres (y las guerras no las originaron "los hombres" como lo plantean versiones feministas carentes de seriedad, sino esa escasez de recursos) ; en todas estas instancias la mujer ha gozado de un cierto fuero, por los motivos antes indicados; todo lo cual se refleja en las cifras ya citadas.
Esta visión es acorde son ciertas interpretaciones "sociobiológicas": la mayor variabilidad masculina implica un más amplio abanico de posibilidades vitales, y así los mejor adaptados al medio disfrutarán de mayores facilidades para lograr reproducirse y transmitir sus características; en tanto a los peor adapatados conviene restringirles sus posibilidades en ese sentido; esa lógica no rige para las mujeres, dado que ellas, sólo ellas y cada una de ellas, tienen la facultad de concretar esas posibilidades en seres humanos nuevos. Así, sólo unos pocos hombres bastarían para mantener la vida en el mundo, en tanto los restantes serían, biológicamente al menos, desechables.

Y cabe aquí una reflexión: a pesar de todas las evidencias referentes a esas ventajas vitales femeninas , no deberíamos permitirnos nosotros el caer en la fácil y tentadora unilateralidad que criticamos. No podemos entonces dejar de expresar nuestra solidaridad para con las mujeres víctimas de crímenes, las mujeres pobres, las abusadas, las suicidas, las que sufren las tensiones de la competividad e individualismo de hoy (aunque muchas parecen estar siendo "empujadas" a esa competencia, para acomodarse así a los nuevos modelos que exigen las ideologías de género, tan funcionales para las sociedades basadas en el individualismo y la competencia). Solo que nuestros sentimientos deberían ser igualmente potentes para con los hombres en esas situaciones, y tenemos presente además que, todo lo indica así, son estos últimos quienes tienen las mayores probabilidades de caer en esas circunstancias. Además, destacamos la mayor gravedad que a los casos femeninos parece asignar la sociedad, en comparación con los hombres en las mismas condiciones.

Y para quienes no hayan experimentado, en sus propios contextos familiares, casos de real y unilateral víctimización femenina, se puede recurrir por ultimo al arte y la literatura; así p.ej. y para los que somos "dostoievskianos", Sofia Karamazova, Marfa Svidrigailova, o "La Mansa", pacientes víctimas fatales, y a veces inermes, de la omnipotencia de esposos enfermos. Cabría sólo argumentar que esas crueldades tenían su contrapeso y quizá explicación (aunque no justificación) en el embrutecimiento que a su vez experimentaban los propios abusadores, varones generalmente con experiencias concretas en guerras, o siervos degradados.¿Alguien hubiera esperado conductas muy distintas en aquéllos, o en estos siervos, a su vez sujetos a la voluntad omnímoda de sus amos (que a veces eran mujeres) y que incluía, por cierto, castigo físico? : habrían existido entonces otras variables culturales y hasta políticas mucho más incidentes en esos abusos que el simple machismo o patriarcalismo de la época. Tal como ocurre ahora, diría Linda Kelly. Agreguemos que, a pesar de todo lo anterior, y sin negar en absoluto el hecho de aquellas estremecedoras realidades, no podría inferirse que la mujer rusa, en general, haya experimentado peores condiciones generales que el hombre promedio ruso; (no conocemos datos históricos estadísticos respecto al número de víctimas masculinas y femeninas por la violencia en la Rusia decimonónica, pero podemos hipotetizar, en base a los razonamientos antes expuestos, que se observará la tendencia general: los hombres son los más propensos a sufrir al respecto).
Y en verdad, del censo de personajes femeninos dostoievskianos dolientes, aparentemente sólo una minoría podría incluirse en el tipo de mujer dulce, inerme y víctima pasiva de abusos masculinos; coincidente, de nuevo, con lo planteado por L. Kelly para EE.UU. hoy día ; ella nota también el poder comunicacional de una tal imagen femenina, que justamente gatilla y actualiza, poderosa e "instintivamente", todo ese patriarcalismo protector de la mujer, que está detrás de la Sacralización Femenina y la Caballerosidad, que se muestran así plenamente vigentes en nuestras sociedades contemporáneas.(Y que además implican una especie de chantaje sicológico para muchos hombres, que perciben lo injusto de ésos y otros estereotipos, pero que no se atreven a ponerlos en tela de juicio públicamente: cuestionarían su identidad masculina misma, de tan delicada y trabajosa construcción).
El apelar a estos impulsos sociales básicos ha conllevado la generalización de esa imagen distorsionada, en la percepción pública actual del problema de los conflictos y abusos intrafamiliares. En la práctica, y como su trabajo lo demuestra, la mayoría de las mujeres abusadas no son víctimas pasivas, sino que responden a la violencia y a veces la inician .
Notemos igualmente que entre los hombres y mujeres particularmente dolientes retratados por Dostoievski, la mayoría lo son principalmente a causa de los elevados niveles de pobreza y desigualdad de clases que se daban entonces ; ...y ello tiene plena vigencia actualmente.
Hay que destacar, por último, que entre la generalidad de los personajes femeninos rusos de ese autor, hay algunos, quizá mayoritarios, que presentan circunstancias vitales más bien ventajosas, las que podríamos considerar muy influidas por la Caballerosidad y la Sacralización Femenina. Y también, diversos casos de hombres abusados, tal vez de modo sicológico o indirecto, pero trascendental: cfr. "El Eterno Marido" y "La Aldea de Stepanchikovo", entre otros. De cualquier forma, debemos rechazar rotunda e inapelablemente la repetición de esa crueldad y abuso físico específicamente masculino en nuestros días (pero no sólo los masculinos), aún considerando que probablemente no representan mayoría entre los casos totales de conflictos familiares.

En suma, si esa ventaja en el esencial derecho a la vida, de que venimos hablando, hubiese sido permanente y universal, se cuestiona la imagen misma postergada y desmedrada de "la Mujer" histórica . Esto pareciera amenazador para la ideología de género, que se apoya fundamentalmente en esa imagen (sin la misma, aparentemente el feminismo perdería la mayor parte de su fuerza) ; se explicaría así la real censura actual, académica y social, hacia este tipo de estudios, como los casos reales que denuncia Linda Kelly en "Disabusing..."; y cabe destacar que ella es una abogada: ¿no es embarazoso que los cientistas sociales aparezcan incapaces de una tal visión crítica o siquiera alternativa en esta materia?.

Parece haber existido entonces, y casi siempre, una "desigualdad compensada" en relación a los roles ocupados por hombres y mujeres: los desmedros y desventajas en ciertas áreas, parecen haber estado siempre compensados por ventajas en otros ámbitos. Una visión parecida, sorprendentemente desideologizada y no victimista, se desprende de la lectura de la ya citada "Historia de las Mujeres", p.ej. en el capítulo relativo a Mujeres y Trabajo en la Edad Media . Cualquier tendencia histórica misógina y radical, originada en sentimientos de desprecio "Darwiniano" por lo débil , parece haber sido en definitiva contrarrestada por el sutil e imperceptible, pero abrumador y contundente, poder femenino derivado de esa capacidad reproductiva; y traducido él en las potentes normas sociales de la "Caballerosidad" y "Sacralización Femenina", que "se imponen a los hombres" con la misma fuerza general que destacaba Durkheim .

Y el desafiar las generalizaciones distorsionantes que implican las actuales etiquetas victimistas y "angelizantes" aplicadas al género femenino completo, es trascendente: es un reivindicar la facultad de denunciar las expresiones y despliegues humanos de ambición, egoísmo, competitividad excesiva, explotación de otros seres humanos, etc., también cuando ellos son protagonizados por mujeres; el no hacerlo es cerrar lo ojos a la simple realidad concreta de que una mitad de la especie humana no está compuesta por ángeles, sino por otros seres humanos con relativamente similar (o no demasiado diferente) capacidad básica para ejercer el bien y el mal . Y ello aunque reconozcamos que, por diversas circunstancias, especialmente por esa relativa dispensa del rol de proveedor que han experimentado o disfrutado las mujeres, ellas en promedio efectivamente han tendido más a involucrarse en actividades de cooperación que de competencia. Y parecen constituir esas actividades un medioambiente menos propicio a despliegues de "maldad humana", al menos de la ostentosa y gratuita. Y lo esperable sería que este sesgo o estilo femenino (sea o no "natural") fuese influyendo y permeando sutilmente al género humano completo, pero de la manera que caracteriza a todos los procesos estables: parsimoniosa, paulatina y "sabia" (es decir que considere la antropología masculina y las necesidades sicológicas de ella derivadas). Es por no ocurrir así que está sucediendo precisamente lo opuesto: que la competencia exacerbada, el individualismo, y otras características que aparecen más propiamente masculinas, acaben por permear, ellas, a la mitad femenina de la sociedad humana.

Probablemente las mujeres históricas mismas se percataban de que su posición en la vida, su suerte y destino, no era en suma peor que el de los hombres. Y si se les hubiese consultado su opinión, postularíamos que probablemente la mayoría habría elegido esos privilegios vitales (mayor respeto a su derecho a la vida y menores exigencias en cuanto a rol de proveedoras) como el precio por pertenecer a una categoría tal vez formalmente inferior, intermedia entre el adulto y el niño. ¿O habrían elegido, quizá, participar en los conflictos bélicos, históricamente muy cotidianos, y sufrir así mayor mortalidad a cambio de mayor igualdad ? Y nótese, por ejemplo en la Biblia, como abundaban las viudas -y no los viudos- en la sociedad antigua, la sociedad patriarcal por excelencia. (¿Qué habrían escogido las mujeres de hoy, de estar en esa disyuntiva?).
Es sintomático en este aspecto, que siempre hayan existido, en la práctica y no en el simple discurso, muchísimos más "hombres que prefieren ser mujeres" que "mujeres que prefieren ser hombres" (el travestismo ha afectado siempre más a hombres). En la base de este fenómeno, podríamos quizá encontrar una conexión con lo que dice Simone de Beauvoir : en la niñez tardía, frente a lo arduo y exigente que aparece el deber ser masculino: "muchos varoncitos envidian la suerte de sus hermanas y preferirían haber sido mujeres". Proceso y sentimientos tal vez génericos y no analizados en toda su trascendencia, que sepamos.

Y lo exigente del ideal masculino ¿no justificaría entonces la demanda feminista por eliminar radicalmente los estereotipos de género, que provocan tantas "derrotas" y sufrimiento masculino ? : aún pudiendo tacharse de intento contructivista extremo, aparece esa meta como tema complejo, que no debiera ser rechazado a priori; es dificil, en todo caso, intentar evaluarla de manera no excesivamente ideologizada, en la medida en que no parece haber "proyecciones", utopías ni escenarios futuros posibles al respecto. De cualquier manera, no podemos ocultar que se nos aparece una meta cuya misma presunta "impostergabilidad", la torna sospechosa : ¿por qué no luchar en primerísimo lugar en contra de las desigualdades más trascendentes (como las de clases sociales, las étnicas, etáreas, etc.) que se traducen, estas sí, en enormes diferencias en casi todos los indicadores de calidad de vida ? ; el énfasis puesto en las de género no sólo permite trivializar y velar estas otras desigualdades, sino que está ejerciendo, en la práctica, una acción verdaderamente regresiva en algunos aspectos.
Y probablemente la eliminación radical de las de género resulte incompatible en el mediano y largo plazo con la supervivencia misma de la sociedad humana ; sus efectos en estructuras importantes para la continuidad de la vida humana, como las familias, parecen ser aplastantes. Y no es necesario sustentar una posición de acérrima defensa de la familia tradicional para observar con preocupación y escepticismo esos efectos; así, la profunda crisis demográfica que afecta a todo el primer mundo, está innegablemente relacionada con esos experimentos, y con su correlato de individualismo exacerbado; actitud ésta más propia antes del género masculino, pero ahora extendida al femenino, como consecuencia práctica de esos intentos "radicales".
¿Podría una sensibilidad verdaderamente socialista, progresista o humanista, cegarse a esos efectos concretos, tan contrarios a los ideales de fraternidad, de vida sencilla y en común, de rechazo al consumismo, el exitismo y la insolidaridad? . Es con la práctica, no con la teoría, con la que deberíamos evaluar la acción de las múltiples fuerzas ideológicas y políticas actuales.Y es en la práctica, que en el día de hoy, la familia, aún la tradicional (que ya no es la familia decimonónica de Engels), representa un refugio de humanidad frente a esas tendencias individualistas y egoístas antes enumeradas (traducidas en la enorme cantidad de "hogares unipersonales" actuales; en esa profusión de horribles moles de concreto que surgen en nuestras ciudades, plenas de departamentos de "un ambiente" o "un dormitorio": rebosantes ellos de energía individualista, quisquillosa cautela de "mis derechos", y de soledad ). Todo ello , como expresión del manipulador fomento mediático, político y social en general, de ese individualismo; en contradicción incluso con los valores profundos de las mayorías, percibidos por todos los estudios al respecto: un enorme porcentaje de los ciudadanos, hombres y mujeres, especialmente los menos privilegiados, perciben a la familia como lo más importante en sus vidas, y precisamente frente al mundo cada vez más frío e inhumano que esas fuerzas "fácticas", incluyendo el feminismo de hoy, están contribuyendo a consolidar.
Considerando todo ello, sería justo evaluar si es conciliable una sociedad democrática con la mantención, en cierto grado razonable, de la diferenciación de roles por género. Personalmente, creemos que no son fenómenos incompatibles (Suiza, Noruega, y otros países democráticos no parecen haber constituido infiernos para las mujeres en los años 60 o 70, cuando había pocos efectos de los movimientos feministas: la distribución del ingreso era allí más equitativa y menores las tasas de criminalidad y suicidios).

El reconocer la realidad de aquella histórica "desigualdad compensada" tiene gran importancia para la sociedad y la democracia. Debiera influir en nuestras percepciones y prioridades e incluso en las políticas públicas: LAS "MUJERES" (a secas) NO HAN EXPERIMENTADO INJUSTICIAS HISTORICAS PARTICULARMENTE DURAS Y QUE IMPLIQUEN UNA "DEUDA SOCIAL" ESPECIFICA PARA CON ELLAS. Las políticas sociales deberían tener presente esta noción (sin caer tampoco en extremismos ni revanchismos y sin cerrar la posibilidad incluso de modificar o revertir esta apreciación en ámbitos particulares o generales, si es que antecedentes fundados y razonables así lo ameriten). Sin embargo, existen los citados elementos ideológicos que van a conspirar, seguramente por bastante tiempo más, en contra de ese reconocimiento de hechos tan reales y tan simples de observar: la imagen postergada y victimista de "la mujer" (conceptualismo que no distingue siquiera entre mujeres pobres y mujeres ricas), ha llegado a adquirir una fuerza tan potente en las sociedades actuales, que en torno a ella se ha desarrollado todo un engranaje institucional: organizaciones de todo tipo, nacionales e internacionales, nuevas o antiguas, han adoptado la "perspectiva de género" (la Organización Mundial de la Salud, la OIT, las organizaciones de derechos humanos, etc.).

Cabe interrogarse del porqué de esta difusión coyuntural abrumadora, repentina en términos históricos, y difícilmente justificable en datos objetivos (Simone de Beauvoir pensaba, en 1950, que "la mayoría de las demandas feministas están ya hechas realidad"). Se puede entonces hipotetizar que esta imagen carenciada de la mujer y su ideología consecuente, debe estar ejerciendo una función importante en el mundo actual, y en el juego de poderes e intereses que lo sustenta: probablemente ese desviar la vieja lucha de clases hacia la lucha de sexos.
Han surgido entonces intereses políticos e institucionales que potencian aquella noción básicamente victimista . Seguramente también la difusión de esta perspectiva se origina en la facilidad con que su esquema tan simple y "pedagógico" (buenos: mujeres ; malos : hombres) atrae voluntades, permitiendo así "aclarar" realidades y economizar en reflexión: son las ventajas de la sobresimplificación, tan propia de todos los casos históricos comparables . Lo inquietante es que, como ya lo insinuamos, ello permite oscurecer la incidencia de otras variables ; de esta manera, el focalizarse en el "machismo" como LA causa de la violencia intrafamiliar desvía la atención frente a otras como el individualismo, hedonismo y ambición promovidos permanentemente en nuestra sociedad actual; o el desempleo, pobreza y mala distribución del ingreso, etc. (Linda Kelly, nada izquierdista o progresista al parecer, lo dice expresamente); todo queda banalizado por ese factor omnipresente definido por la ideología de género .
Esta inmensa utilidad política para determinadas fuerzas sociales dificulta cualquier intento de análisis imparcial y de puesta a prueba de este cuerpo teórico y práctico: podría ser amenazante para la propia provisión de fondos, y por ende supervivencia, de muchas instituciones.
Y no cabe duda, al observar la fuerte unilateralidad de los departamentos académicos de estudios de género, y de mucha de la producción de allí surgida, que cierto feminismo actual ha devenido todo un paradigma de lo que Bunge llama las "seudociencias" (con cierta timidez, pero también osadía, Bunge incluye específicamente a "ciertas variedades de feminismo" en esa categoría).
Y sustentamos estas criticas sin, reiteramos, descartar de plano toda posibilidad, siquiera teórica, de que los ideales de igualdad radical de género puedan ser plausibles y deseables; lo que sí negamos es que el status quo actual constituya una fuente de enormes injusticias para las mujeres, y que de ellas se derive una absoluta y urgente necesidad de modificar ese estado de cosas. Ello constituye simplemente una majadería ideológica propagandística, y es distorsionante e inexacto.
Además y consecuentemente, ese énfasis en el género es contradictorio con las prioridades que exigiría un genuino sentido de justicia: las diferencias entre géneros no se traducen en diferencias importantes en índices de bienestar social, en tanto las diferencias de clases sociales (ahora ampiamente toleradas por los pragmatistas postmodernos, incluyendo socialistas) y otras como las étnicas, las etáreas, etc., pueden implicar diferencias enormes en esos índices ; así, la brecha de género salarial es de un 25 o 30 %, y no tiene efectos en los respectivos índices de bienestar; en cambio la brecha de clases es de 200, 300, 500 y más por ciento, y, como se dijo, trae aparejadas fuertes inequidades en los índices de bienestar; pero, se habla más de la brecha de género (como efecto de la imposición del clima ideológico respectivo, que muestra aquí claramente a qué intereses beneficia).

Habría que agregar que la promoción apresurada y poco meditada de políticas de "discriminación positiva" para las mujeres, probablemente está contribuyendo al deterioro observado internacionalmente en la distribución del ingreso. Esto, porque las mujeres que obtienen altos ingresos, o son solteras o tienden a casarse o emparejarse con hombres de mejor nivel que ellas; y así las familias respectivas suman ingresos dobles en comparación a las más tradicionales, donde las mujeres optan por la crianza y cuidado de sus hijos. Al mismo tiempo, esas familias "doblemente exitosas" constituyen el segmento que procrea el menor número de hijos: de esta forma, su ingreso per cápita resulta muy superior al de las tradicionales, que son mayoritarias en sociedades pobres (un caso más agudo es el ingreso per cápita de las familias unipersonales constituidas por mujeres solteras de altos ingresos, categoría que destacamos porque es más nueva y va en aumento).
El caso opuesto es válido para los hombres: los más exitosos tienden a casarse o emparejarse rápidamente, y con mujeres de menores ingresos que ellos, contribuyendo así a cierta democratización y nivelación. Es interesante, a este respecto, observar ciertas estadísticas: en una rama de las Fuerzas Armadas de Canadá, a los 35 años de edad, el 70% de los oficiales varones estaban casados, en tanto ocurría el caso inverso en el caso de las oficiales mujeres: el 70% estaban solteras, y las pocas casadas tendían a hacerlo con colegas (conformando así, como en otros casos, familias privilegiadas, con exactamente el doble de ingresos que algunas de las formadas por otros colegas). Hay también aquí un fenómeno de endogamia institucional que se está repitiendo en nuestras realidades nacionales equivalentes, y que no ha sido analizada en sus efectos potenciales.Y estas situaciones comienzan a ocurrir en todo tipo de sociedades, incluyendo algunas de recursos escasos y afectadas por enormes desigualdades de ingresos.

Agreguemos que al quedar consolidada, artificialmente, la igualdad de género como un potente e impostergable imperativo de justicia, han surgido distorsiones concomitantes. De este modo, en la actualidad una imagen pública más filo-feminista puede "hacer la diferencia" para muchos partidos políticos, y para muchos personajes de ésa y otras actividades humanas, sobre todo de las sometidas en mayor o menor medida al escrutinio público (y hoy en día, el adecuarse al "medioambiente global" es fundamental incluso para las grandes empresas privadas). Como el público, principalmente el femenino, ha sido intensamente adoctrinado y manipulado con la noción unilateral de "mujer víctima" (sin matices) y dado que cualquier intento de oponer una visión más equilibrada es rápidamente descalificado, tiende a identificar esas posiciones con la justicia y la equidad mismas.

Se aprecia entonces la importancia de ser capaces de trascender ideologías, modas y climas de opinión; la importancia de someterlos a prueba y escrutinio sistemáticos. Esta norma, que tanto enfatizó el feminista Stuart Mill, y que parece natural en cualquier ciencia, en el área de las que investigan las relaciones de género, simplemente no se cumple, con todas las potenciales y reales consecuencias para la democracia misma.

(1) Dígitese en internet este título : "Disabusing the definition of domestic abuse" subtítulo: How women batter men and the role of the feminist state" (algo así como: "El abuso ideológico en la definicion de abuso doméstico; cómo hay mujeres que agreden a hombres y el rol del estado feminista") de Linda Kelly; Florida State University, Law Review, 2003. En ese ensayo se reseñan estudios masivos y genéricamente neutros, que han venido mostrando que la violencia intrafamiliar es protagonizada en medida casi equiparable por ambos cónyuges o parejas; y al mismo tiempo cómo esas investigaciones han sido invisibilizadas o censuradas por el clima ideológico predominante.
Parecieran poco creíbles estos resultados, pero reflexiónese por un instante en la tradicional legitimidad social (parte de la "Caballerosidad") que tienen novias, esposas, amigas, para propinar bofetadas a sus compañeros, no siempre por motivos contundentes. Aunque de menor grado, eso es un tipo de violencia física, sin duda, y podría sentar un precedente favorecedor del in crescendo del proceso; (en esos estudios se recoge la incidencia de este tipo de violencia menor, pero se plantea que los casos de violencia mayor implican también protagonismo de ambos cónyuges).
Que la violencia masculina tenga, en promedio, resultados más graves y letales parece deberse a diferencias físicas, pero no implica que necesariamente sea más recurrente que la femenina. Así, en este mismo trabajo de L. Kelly se cita otro estudio que mostró que en un 50% de los casos de agresiones violentas ambos miembros se involucraron en ellas, en tanto en el otro 50% de los casos (en los que sólo uno de los cónyuges fue violento), ocurría que en la mitad, solo la mujer fue la violenta; es decir, al menos en un 25% de los casos totales hubo exclusivamente violencia femenina (no por reacción a la violencia masculina, como pudo ocurrir en ese 50% de los casos en que ambos miembros se involucraron).
Ello no implica negar la gravedad de la violencia masculina, pero sí reconocer al menos la existencia de la femenina, en la actualidad totalmente negada, e inexistente para la "sociología" de género. (Incidental y más gravemente, los autores de algunas de estas investigaciones no volvieron a recibir respaldo institucional luego de sus conclusiones; varios fueron hostilizados y debieron abandonar esa perspectiva neutra, la que en la actualidad parece estar simplemente clausurada, como efecto de lo anterior).
Habría que agregar, además, que las estadísticas de víctimas de violencia familiar simplemente excluyen los suicidios, muchos de ellos expresión de conflictos familiares, y que afectan desproporcionadamente a hombres, al punto que, como antes se expresó, definitivamente hay mayor pérdida de vidas masculinas que femeninas como producto de los conflictos familiares.
En tema tan complejo y candente, debemos, en fin, y de cualquier manera, expresar nuestra solidaridad para con las mujeres víctimas de estas circunstancias, y hacerla extensiva a los hombres que estén en los mismos casos.





SOBRE LA HEGEMONIA IDEOLOGICA E INSTITUCIONAL DEL FEMINISMO ACTUAL



Algunas ideas básicas:

En primer lugar debe considerarse ese elemento fundamental constituido por el rol distractor que adquiere la "lucha contra el machismo", en relación a la mucho más subversiva y temida "lucha contra el egoísmo y espíritu de lucro". Se ha trasladado, en definitiva, la lucha de clases a la lucha de sexos, con gran alivio de muchos.
Parece ello haber constituido un proceso, que se dinamizó a partir del fin de los socialismos reales; las fuerzas progresistas abandonaron entonces el objetivo de impulsar transformaciones estructurales en la esfera de la economía, dando paso a un pragmatismo que implicó el aceptar los costos en desigualdad que implica la libre empresa, en aras de sus beneficios prácticos. Al buscar luego alguna posibilidad de diferenciación frente al resto del espectro político e ideológico, el progresismo pasó a otorgar una importancia desmedida ("neurótica", dirían algunos, y por ende proporcional a la "energía vacante" que dejó aquella renuncia histórica) al tema de las relaciones entre los géneros; el que nunca, en las tradiciones socialistas, había tenido una importancia medianamente equiparable al de las diferencias de clase ligadas a la estructura económica y productiva. Precisamente porque parece haber estado claro para la mayoría de los socialistas del siglo 19 que el asimilar a "la mujer" (a secas y sin matices) con el obrero, era un sisnsentido que falseaba la realidad del sufrimiento humano, e igualaba dos categorías de desmedro, o presunto desmedro, que eran, en promedio, muy diferentes en su alcance y magnitud; así, fue Ernest Bax, un socialista inglés, quien escribió "El Fraude Feminista" en 1918, y murió siendo socialista.

Al mismo tiempo, en el resto del espectro político ideológico actual el conservadurismo tradicionalista cedía espacio al liberalismo individualista, heredero, entre otros, de Stuart Mill y su dolida visión de la mujer histórica. De esta manera, el feminismo moderno heredó el impulso doble de ambos flancos ideológicos, transformándose en un verdadero elemento de cohesión social, en parte importante del potente consenso político actual, tácito o expreso, que parece estar en la base de la democracia liberal moderna o postmoderna.
El feminismo ha devenido un tópico que, a nivel formal y aparente, casi no suscita divergencias, sino coincidencias, y adquirido una fortaleza que parece incluso superar la noción de lo "políticamente correcto" (la propia historiadora y feminista moderada Michelle Perrot, ha advertido sobre esta convergencia entre el feminismo y "la noción leninista de lo políticamente correcto"); por esto mismo prácticamente no recibe en la actualidad crítica, a excepción de ciertas débiles advertencias de sectores ligados al tradicionalismo ; el cual, en sentido estricto, está presente en casi todo el espectro político, puesto que incluye un interés en preservar y cautelar ciertos usos costumbres y valores que a veces tienen signo solidario y comunitario, y coincide en una apreciación suspicaz del individualismo post moderno ; este tradicionalismo converge entonces con el de sectores socialistas que comparten aspectos de esa "Weltanschaaung", aún cuando difieran radicalmente en otros; sería el caso de algunos nacionalismos culturales y movimientos antiglobalización (es interesante el caso del líder boliviano Evo Morales, que se ha declarado abiertamente anti-feminista, no por misoginia sin duda, sino probablemente por percatarse de los fenómenos aquí reseñados ; recordamos también, en un caso de las antípodas, que el actual rey de Suecia "no oculta su antipatía por el feminismo").

Es así como la adopción de posiciones filo-feministas se ha transformado en una manera fácil (y generalmente falsa) de emitir una imagen progresista y de avanzada para muchos gobiernos, personas y entidades en general. Así, si un determinado gobernante decide adoptar un criterio de "paridad" en su gabinete o un directivo de empresa promueve especiales oportunidades para las mujeres en su organización, el rédito en términos de imagen pública aparece casi seguro, aunque, por supuesto, subsistan múltiples y más trascendentes formas de injusticia, que se ven así opacadas y trivializadas; Zizek, el pensador neomarxista, ha mencionado este punto, y cita específicamente al feminismo, junto con el ecologismo, como las causas públicas distractoras más importantes.
Hay que destacar lo de imagen "pública", puesto que muy probablemente muchas personas advierten, íntimamente, la desmesura e incluso verdadera regresividad que algunas veces alcanza cierto feminismo transido de corrección política. Y considérese, como antes se dijo, el caso ya dicho de la "brecha de género" en salarios, que sería de un 30%, aproximadamente, siendo las brechas de clases o estratos de magnitudes de 200, 300 y 1000% ; y sin embargo, se habla más de la brecha de género (Naciones Unidas exige que los informes laborales nacionales incluyan sistemáticamente datos sobre esta última brecha; pero no pide una sóla palabra de las de clases o estratos).
Y hay que repetir además ese dato fundamental: la brecha de género no trae aparejados índices de bienestar inferiores para las mujeres, lo que sí ocurre, y de manera contundente, con las otras brechas. Todos estos antecedentes, sumados a otros, permitirían incluso esbozar una inquietante hipótesis: a mayor preocupación "pública" por las diferencias de género, mayor deterioro de la equidad en la distribución general del ingreso.
El ciudadano promedio parece captar, de alguna manera, estas inconsistencias; así, véanse las opiniones expresadas en los “post” de los foros que tocan el tema: muchos, tal vez la mayoría, expresan posiciones más bien tradicionalistas o “machistas” (que no son "per se" antifemeninas ; por el contrario, probablemente a veces resultan en esencia "pro-femeninas").

-EL FEMINISMO COMO "EL MEJOR ANTICONCEPTIVO"-

Sin duda, existen otros intereses geopolíticos relacionados con la imagen de occidente en el resto del mundo (el feminismo sería una de las pocas dimensiones en que occidente puede emitir una de "progresismo", y suscitar así alguna simpatía, al menos entre la población femenina respectiva); también con el marasmo demográfico del primer mundo (tan influido por nuestro tema) y la consecuente inmigración tercer mundista. Todos esos factores confluyen en la abrumadora promoción del feminismo en los países de menor desarrollo relativo. Fundaciones privadas, académicas y de todo tipo lo respaldan y financian, generalmente sin ningún respeto por las culturas vernáculas (en la Isla de Pascua, con apenas 600 habitantes polinésicos, los últimos gobiernos chilenos han promovido medidas como la incorporación forzada de mujeres a los Consejos Tribales; cabe hipotetizar una amenza cierta para la supervivencia de esa cultura).
Es un tema que debe ser profundizado, y mucho, considerando siempre en primer lugar, ese papel fundamental de apaciguador o distractor de los conflictos de clases sociales, antes mencionado.

También se debe dejar enunciada una interrogante relacionada con lo anterior: la función del feminismo como arma ideológica debilitadora y desintegradora de sociedades y culturas específicas, hostiles al primer mundo y a la libre empresa. Esta función, favorecida por la amplia acogida latente, especialmente femenina, de esos postulados (dado su amplio potencial, en algunos casos justo y plausible, pero en otros "ginegógico"), la ha destacado Djaouida Moualhi en el esclarecedor "Mujeres Musulmanas: Estereotipos Occidentales vs. Realidad"(disponible en internet), y señala que ya se verificó en las guerras independentistas de Argelia.
Pero es un fenómeno que constatamos hoy, cotidianamente, en los medios de comunicación: todas las intervenciones de directivos o militares norteamericanos emitidas desde el martirizado Irak, absolutamente siempre van a incluir, en las más principales y visibles ubicaciones, a mujeres militarizadas.

Adicionalmente, es peciso destacar que la “promoción de la mujer” parece haber sido determinante para la obtención de los altos niveles de vida del primer mundo. Efectivamente, y como lo plantea el sociólogo chileno Samuel Valenzuela al comparar históricamente las economías de Suecia y Chile, la mayoría de las naciones primermundistas no ha conocido un “boom” económico que explique su prosperidad; por el contrario, sus tasas de crecimiento han sido, por largas décadas, más bien mediocres ; la elevación de los estándares de vida se ha debido, en parte importante, a la disminución de la natalidad (en la que el tema de los roles femeninos ha sido determinante). Es decir, ha habido una cierta permuta de “niños por mercancías”, que podría juzgarse severamente desde diversas perspectivas axiológicas.

En esa prosperidad, de igual manera, parece haber sido determinante el impulso al individualismo (y consiguiente debilitamiento del comunitarismo) que ha acompañado al surgimiento de la "mujer nueva"; individualismo y anticomunitarismo que, aparentemente, ha pasado ahora a caracterizar también al género femenino, en el seno de las sociedades occidentales capitalistas y postmodernas; ¿No estamos en presencia de una pérdida histórica para la humanidad?

sábado 20 de octubre de 2007

el paradójico potencial regresivo del movimiento feminista

El equiparar los conceptos de "explotador" y "explotado" con los de "hombre" y "mujer" puede tener implicancias peligrosas para la justicia y la equidad.

Así, podemos llegar a extremos simplemente perversos, como pretender que algunas mujeres de estratos altos sean parte de la "humanidad doliente", en tanto algunos de los múltiples varones que muchas veces son sus subordinados ( empleados, dependientes, etc.etc) son sus "explotadores".

Y esto es algo que no está muy lejos de la realidad: obsérvese a ciertos grupos feministas, conformados en parte importante por mujeres "ABC1", algunas ligadas a los grupos familiares más acaudalados de este país, y preocupadas por "la discriminación e injusticia que enfrentamos las mujeres".


Pero lo más sorprendente, es que los datos objetivos avalan esta imagen "regresiva" : las mujeres conformarían el 54 % del grupo ABC1, o del decil de ingresos más rico. Hay sólo datos informales, asistemáticos que informan ese guarismo ; pero ellos son coherentes con los que muestran que la población de las comunas más ricas del país está conformada, en proporción superior a la nacional, por mujeres. Así, se puede observar, en cualquier día laboral, más o menos a las 4 de la tarde, cómo ellas predominan entre los conductores de autos en los barrios más acomodados de esta capital (aunque muchos nos complacemos con el fenómeno, ante la alternativa de soportar agresivos conductores varones, y quizá también por motivos "estéticos"; factores que han sido mencionados como otra ventaja femenina; pero no es ése el punto aquí). Son también mujeres el sexo predominante entre los clientes de "malls", en esos mismos sectores.
Mientras tanto, en el decil de ingresos más pobre las mujeres representan prácticamente la misma proporción de la población total. Habría que agregar que entre quienes viven en la calle, tal vez los más pobres de entre los pobres, el 80 o más por ciento son hombres (en parte afectados por esa enorme limitación "estructural" en sus derechos reproductivos, a que se aludió: son hombres pobres, pero además y especialmente, sólos, sin hijos, cuyo eventual homicidio o suicidio no tendrá demasiada importancia).
En concordancia con todo lo anterior, y si además examinamos las "Estadísiticas de Género", de CEPAL, concluiremos que debe descartarse, y casi revertirse, la llamada "feminización de la pobreza" , que tanto ruido propagandístico genera .

Hay otros aspectos importantes: el clima ideológico feminista actual está llevando a dar especiales oportunidades laborales a las mujeres en general. Y es ese "en general" el que parece estar permitiendo inequidades nuevas. En efecto, muchos de los cargos de importancia asignados a mujeres lo han sido, de manera proporcionalmente mayor que en el caso de los hombres, a representantes de las clases altas. Esto implica :

1) para las que están casadas o formarán familia, que sus ingresos familiares suben desmesuradamente respecto a las familias más tradicionales y a los promedios nacionales en general; ello por estar emparejadas generalmente con hombres tanto o más exitosos que ellas (parece ser norma que las mujeres busquen a hombres "superiores" ; lo opuesto ocurre con los hombres). Este fenómeno puede estar incidiendo en los deterioros en la distribución del ingreso, observados en casi todo el primer mundo desde los años 70.

2) en el caso de tratarse de mujeres solteras, el impacto regresivo en la distribución del ingreso es aún mayor (y hay que decir que el hombre exitoso, por el contrario, suele rápidamente casarse o emparejarse y fomar familia)

3) estas mujeres en cargos altos parecen estar postergando a hombres que generalmente provienen de estratos sociales más bajos; así, la masificación del ingreso universitario femenino, ha implicado que en el estrato alto casi el 100% de las chicas sean universitarias, con el aumento consiguiente y desproporcionado de los ingresos totales de esos estratos. Y ellas han venido a reemplazar en las aulas principalmente a jóvenes varones de nivel social inferior.

Si fuera pocible analizar en la administración pública, e incluso en la empresa privada, los casos de nombramientos de mujeres directivas, incluyendo ministras, se observaría lo mismo (la mayoría corresponden a mujeres ABC1, abundando las de nombres y apellidos no-españoles; consistentemente con velados pero innegables fenómenos novedosos de clasismo; en muchos casos sus competidores ostentan prosaicos apellidos españoles ).

lunes 15 de octubre de 2007

Violencia cotidiana: develando algunos sutiles factores

Hace poco, leíamos en una página web que en Alemania, cierta unidad de comandos de infantería del ejército experimentó un verdadero shock al intentarse la incorporación de algunas mujeres a esa unidad (los hombres "se sintieron heridos en lo más íntimo y declararon que esa unidad "moriría" con esa medida").
En Chile, se ha informado que la presencia de mujeres policías entre los que custodian los estadios en partidos de fútbol, provoca un especial rechazo por parte de los hinchas.
En México, se especula que tras el presunto aumento de los crímenes contra mujeres en Ciudad Juarez (verdad a medias, porque han aumentado allí las víctimas masculinas en igual o mayor proporción) estaría el "odio machista", de varones despechados frente a cierto empoderamiento femenino, en el marco de una cultura tradicional.

En suma, parece efectivo que ciertas incursiones femeninas en algunos ambientes masculinos generan una reacción de intenso rechazo por parte de muchos hombres ( y no solo en el tercer mundo). ¿Condenaremos elevada y enérgicamente esas reacciones propias del "chauvinismo machista" ...o tal vez nos atrevamos a analizar un poco más el fenómeno? Veamos:
(anotemos antes que está pendiente un análisis imparcial del concepto mismo de machismo, sus dimensiones y matices, definiciones teórica y operacionales, verificación, etc...; todo postergado por la enorme utilidad ideológica estigmatizante que implica su misma vaguedad: recuerda al antiguo "comunismo"en lo primero y al ubicuo "éter" de la pre-ciencia en lo segundo).

Las reacciones machistas probable y seguramente tienen componente o transfondo egoísta-narcisista (no sólo las masculinas) pero también pueden estar reflejando una alarma por amenazas a la equidad social en general. Especialmente al delicado "equilibrio de poderes", factual, en las relaciones intergéneros. Frágil balance que es justamente así percibido entre las mayorías masculinas (todo parece indicarlo) : como un "equilibrio" y no un desbalance.

Adicionalmente, esas incursiones femeninas pueden ser consideradas, desde la perspectiva masculina (¿que aquí coincide con la social en general ?), como una peligrosa exacerbación del ambiente de competencia social, al incorporarse formalmente a la lucha por la vida, nada menos que a una mitad del género humano; porción antes más involucrada en actividades de cooperación que de competencia . Y no es improbable que la visión masculina resulte correcta: de nuevo, no puede negarse al menos la posibilidad de que haya allí una enorme pérdida potencial, histórica, para la humanidad.
Así, y paradojalmente, este machismo podría tener efectos netos "progresistas", al plantear barreras culturales al creciente individualismo.El correlato de los opuestos efectos prácticos concretos ("allende lo discursivo..") potenciadores de la competencia y el individualismo, propios del feminismo actual (una socióloga feminista reconocía que "desde hace algunos años el movimiento ha comenzado a priorizar el individualismo más que la solidaridad").

Y a este respecto, obsérvese el nivel de conducta (y lenguaje) de algunas mujeres jóvenes de hoy, mostrando su radical ruptura con los viejos esquemas de feminidad e "inflando" así desproporcionadamente su "lado masculino"; persistentes y rígidas en su determinación de competir y alcanzar metas, con todas las implicancias sociales que conlleva tal fenómeno (y además, beneficiándose de la vigencia real de esos invisibles tabús profemeninos, este nuevo tipo humano suma ventajas en el despliegue de su competitividad y consecución de esas metas ).¿ No era ya bastante el contar con los tipos masculinos ásperamente competitivos? (y soportarlos).

Pero hay que decir también que ese tipo humano nuevo, nada atrayente en verdad, podría constituir una minoría ; más combativa, "eficiente" y visible, pero numéricamente inferior a esa otra ¿mayoría silenciosa? de mujeres menos competitivas y más tradicionales. Este último tipo (con todas las limitaciones de usar un esquema dicotómico) probablemente esté ejerciendo, en determinados ambientes laborales e institucionales, esos efectos favorables postulados por algunas corrientes feministas (que recogen y aprecian las características "típicas" de lo femenino). Serían esos efectos : una disminución de la competividad y rigidez, propia de medioambientes exclusivamente masculinos y una cierta "dulcificación" de los mismos. Sería injusto negar que esos efectos probablemente son reales (y serían suceptibles de aprehender y dimensionar, mediante investigaciones no ideologizadas, las que ignoramos si existan ) . Serían entonces efectos que obligarían a matizar los negativos que hemos venido planteando, dada la trascendencia de los primeros; de cualquier manera, deberían ser considerados en conjunción con los otros, pro-individualismo y competencia, antes señalados .
Aunque ese efecto favorable en ambientes ya muy agresivos, no parece replicarse en otros: hemos visto investigaciones mostrando que los empleados promedio en la administración pública, no encuentran diferencia mayor entre jefes varones y mujeres.No habría allí, luego, un aporte específicamente femenino en "humanizar" ciertos ambientes.

En cualquier caso, esa dicha actitud femenina juvenil rupturista, parece tener importante efecto dominó en las conductas juveniles masculinas, como luego se indica, y constituye parte importante del visible deterioro de la convivencia y sociabilidad, sobre todo en los espacios públicos urbanos.

Por otra parte, muchos hombres perciben (todo indica que correctamente, a pesar de cualquier ideologizado argumento) que una mujer promedio casi siempre tendrá la alternativa vital de ser madre, esposa o por último amante, para obtener identidad, legitimidad social o al menos sustento. No así el varón promedio, el que debe sine qua non justificar su presencia en la sociedad, a través de la actividad extrafamiliar y el trabajo. Estas circunstancias sin duda están en la base de la mayor tasa de conflictividad de los varones jóvenes.

En suma, puede haber en la reacción machista una dosis de profunda, "instintiva" alerta frente a otros daños potencialmente graves para ese equilibrio social intergénero, traducido en inestable equidad (pero éso: equidad, al fin y al cabo). Sin negar que esas reacciones incluyan componentes "indeseables", los resultados no necesariamente lo son, como ocurre con frecuencia (vgr.: el mismo espíritu de lucro, hoy tolerado y fomentado).

Consideremos también que las alternativas para diferenciarse y lograr la dicha identidad de género (que suponemos componente fundamental de la identidad personal; ¿ concordarán los y las feministas con este aserto? y si no: ¿qué ?) se han ido paulatinamente estrechando para los hombres, por esa incursión de mujeres en actividades que, entre otras cosas, tenían la función latente y simbólica de servir precisamente para diferenciar genéricamente.

Así, ¿cuantos muchachos no entraban al ejército para "encontrarse a sí mismos", en términos de identidad masculina?
Y nótese algo fundamental: estos jovenes inseguros de su identidad de género y que buscaban así reforzarla, probablemente son, o eran, los menos "machos" biológicamente, los más "débiles" en cierta medida (los hombres "alfa" o los "YY" no necesitan mayormente esos refuerzos). Son así aquéllos los más afectados, y los que más abundarán posteriormente entre los devenidos no-heterosexuales, luego del fracaso de esa construcción de identidad ; es decir, esta categoría será mayoritaria entre los que probablemente no formarán familia (o al menos familia que procree y se reproduzca) : han devenido parte de la especie humana que no transmitirá sus características ("en extinción"). Paradoja enorme: la sociedad tradicional, reforzándoles, aún artificialmente su identidad, lograba que estos tipos humanos (probablemente más tolerantes, "cristianos", menos agresivos y a veces mejores esposos) se prolongaran en la humanidad.

Ese "endurecimiento" en el proceso de conformación de la identidad de género parece tener otras dimensiones. Así, en la medida en que desaparecen los símbolos de identidad masculina fácilmente disponibles, ocurriría que: A) los varones jóvenes renuncian, en alguna medida, a la construcción de su identidad de género (y de aquí, como se dijo, la proliferación de quienes se "reconocen" gays) o B) se esfuerzan por encontrar esa identidad de otras formas; ¿cómo? : exacerbando las dosis "puras" de masculinidad, lo que implica.... mostrarse más violentos, más agresivos e individualistas.
Así, en ambientes juveniles donde abundan mujeres jóvenes agresivas, malhabladas, y a veces hasta violentas físicamente ¿qué atractivo podría ofrecer como potencial pareja un muchacho tímido, o siquiera medianamente "correcto"? . El triunfo será para los más alejados de esas categorías y , contrariamente, cercanos a las otras: los "machos dominantes".

Todo ésto simplemente puede estar implicando una espiral perversa de mayores y mayores dosis de agresividad.
Y no resulta difícil suponer su incidencia en el individualismo, egoísmo y delincuencia, tan dramáticamente generalizados y cotidianos en nuestras sociedades modernas (aunque las más avanzadas casi no los experimentan: han "solucionado" el problema de la delincuencia mediante la dramática disminución de su población joven; fenómeno que es parte esencial de esa misma dinámica, y que está implicando el "marchitamiento" de la sociedad toda, no sólo del estado, como supuso Marx).

jueves 11 de octubre de 2007

Comentario sobre brecha de género en ingresos

Se insiste mucho en la injusticia de las diferencias de ingresos entre hombres y mujeres: se habla que una mujer, por un mismo trabajo y en las mismas condiciones gana un 75 u 80 % del equivalente al trabajo de un hombre.

En primer lugar se puede cuestionar la calidad técnica de los datos: según algunas investigaciones, cuando se homogeneizan variables como antiguedad en el trabajo y horas efectivamente trabajadas, la brecha prácticamente desaparece.(y pensemos nosotros mismos ¿conocemos alguna compañera de trabajo que gane menos ...sólo por ser mujer?)

En segundo lugar, aún si esas diferencias fueran ciertas, hay que señalar que es más importante, para determinar bienestar o malestar social e individual, examinar el nivel de consumo . Y éste es el que explicaría que las mujeres sean mayoría (54%) en el estrato socioeconómico ABC1,("los ricos"), en tanto en el decil más bajo representen el 51% , proporción que es equivalente a la de mujeres en toda la población.(este dato es coherente con indicadores de CEPAL, que descartan la "feminización de la pobreza", no sólo en Chile, sino en muchos países americanos)

Sin duda , la explicación de estos buenos niveles está en las "transferencias" o ingresos no generados autónomamente por las mujeres, pero transferidos a ellas , como partes de una familia, por sus esposos, u otros familiares o instituciones.

Esto nos lleva a suponer, razonablemente, que el nivel de consumo debe ser al menos proporcionalmente igual, si comparamos mujeres y hombres.Y pruebas adicionales se podrían encontrar muchas: los índices que se usan para comparar nivel de vida entre países u otros colectivos sociales, muestran casi todos , o equidad de género o alguna ventaja para las mujeres (esperanza de vida, salubridad, educación, criminalidad, tanto como autores como víctimas, etc.)

En definitiva, el nivel de vida de hombres y mujeres parece no mostrar mayores diferencias , y si las hay en algún indicador específico, generalmente están compensadas por otros indicadores; tenemos entonces , una situación de justicia proporcional o diferenciada (las compensaciones de género, o "trade-offs", de que habla el psicólogo norteamericano Roy Baumeister).

Ahora, si sobrevaloramos la independencia, individualismo y autonomía, podemos cuestionar lo anterior, pero también provocar trastornos en las mismas estructuras sociales (solidarias, como la familia) que están permitiendo a muchas mujeres sostener un nivel de vida bueno, aún sin generar ingresos propios.Además podemos descuidar o disminuir la importancia de situaciones de pobreza real, en que no existen ni ingresos propios ni transferencias. Así, tenemos que la diferencia de ingresos entre el decil más pobre y el decil más rico es de 10 a 100 , o aún más; comparemos este dato con el 10 a 13 que es la diferencia entre mujeres y hombres, ¿se justifica la preocupación sobredimensionada por esta última brecha? ¿no es la primera la diferencia escandalosa que nos debiera preocupar?
Y hay que reiterar que entre los más pobres habría igual proporción de hombres y de mujeres, como lo indican los datos antes expuestos (aunque, hace poco, un programa de TV decía que el 85 % de los indigentes que viven en las calles son hombres).

Parece claro que la lucha a ultranza por obtener dosis cada vez mayores de autonomía e independencia para las mujeres, va muy en consonancia con el incremento del espíritu individualista y egoísta en la sociedad, fenómeno cuyas consecuencias son fácilmente observables por cualquier ciudadano en su vida cotidiana..

Más adelante esperamos detallar estos índices y ahondar en el tema